Analizando su deseo
Todo valía para llamar la atención,
buscando que ellos corrieran tras ellas.
Un misionero estudioso dejó su postura
y se dispuso a analizarlas.
Se ofendieron.
Diálogos unipersonales
Todo valía para llamar la atención,
Han retirado de su puesto gruñiente

Derrumbada por sus "errores" la justicia
Entramos en un restaurante de poco pelo y nos sentamos a comer las tres parejas.
Nada brillaba por lo que me pareció normal que la que nos atendió careciera de luces.
Se presentó. Saludó, qué tal, etc. Y luego, antes de leernos de memoria la carta nos empezó a leer la cartilla al espetarnos lo siguiente. “a vosotras os permito que digais algo, a ellos no. A los hombres no se lo permito”. Había cambiado el tiempo verbal para englobar a todos los hombres del mundo.
La miré con atención. Me esforcé porque nada había en ella que lo mereciera.
Era poco agraciada, mejor dicho, nada y sentí que Quevedo se hubiera perdido tal materia prima para hacer una sátira sin mentir nada.
Busqué las formas de mujer y no las encontré en esa masa informe donde llamaba la atención su pelo entrecano y untuoso como si se la hubiera subido su ser a la cabeza.
Su cara estaba adornada por unas gafas feas, bajo ellas su boca mostraba unos dientes desordenados y abrazados por unas encías excesivas que los abrazaban a pesar de su suciedad. Cara le saldría la cara si pretendiera que alquien la quisiera.
Era rápida de lengua y deslenguada haciendo una carnicería con los hombres. ¿Qué le habían hecho? o mejor dicho ¿qué NO la habían hecho?
Se movía con verdadera soltura entre las mesas sin conseguir rebajar lo que tanto la sobraba.
En un momento dado le llamó a uno “apocado” sin que su mujer hiciera otra cosa que reír la “gracia” a esa desgraciada. Estaba al otro lado de la mesa y vi cómo le dolía esa puya injusta en alguien que tuvo puesto de mando en una Caja y que ahora estaba herido de muerte por una enfermedad incurable; “a moro muerto gran lanzada” muy propio de los cobardes.
Luego dijo que al único hombre que salvaba era a su hijo, de unos 13 años que, gracias a Dios, no se parecía a ella en nada. Ella se creía ser su hijo sin saber que él no era ella. Era su trofeo.
No sé qué tuvo que pagar para conseguir que alguien se lo hiciera pero estaba absolutamente seguro que estaba separada de él. Quizás huyó tras recibir lo acordado o tal vez al recuperar la razón se fue al infierno en busca de las virtudes de las que ella carecía, que eran todas. No descarto que, logrado su objetivo de tener un hijo, ella misma le tirara a la basura después de haberlo tirado.
Dijo que nunca volvería a unirse a varón alguno. Aclaración innecesaria porque ninguno se acercaría a ella salvo algún por la necesidad… de comer.
Recordé un anuncio donde una mujer justifica su cara tramoya facial con la siguiente expresión “porque yo lo valgo” y busqué antes de salir entre las monedas menos valiosas alguna que estuviera a la altura de su valor. No la encontré tan escasa y al marcharnos no quedó en la mesa ni un ochavo.
Acaban de dar un premio
El hombre vive
Volvió a casa
Pasa el tiempo. Pasa.

Ni ellas son lo que parecen (a pesar de su esfuerzo) ni ellos tampoco.Salta a la vista que los chicos no "venden" imagen y hacen algo tan normal entre gente normal como mirarse a los ojos. Los ojos que son las ventanas del alma. Ellas son más prácticas, saben que el alma no se come y cultivan su cuerpo. Podía hacerse otra interpretación más acorde a la realidad como la siguiente: Cuando se encuentran dos chicas no se miran a los ojos sino la pintura que les rodea para ver si tras ella se esconden las ojeras que delaten una noche muy acostada y poco dormida. Después se miran el pelo esperando que no sea más agradable a la vista que el suyo en cuyo caso se cambiarán el peinado en cuanto se despidan. Es lo más corriente entre gente corriente. Luego los zapatos para ver, después si son nuevos, y antes si sus tacones consiguen hacerlas más altas y logran transformar, a pesar del sufrimiento que ello conlleva, sus cortas piernas de andar por casa en largas piernas de revista o pasarela. Los labios son objetivo de su telescopio visual. Si han logrado que parezcan comestibles ellas quieren saber cómo, aunque luego no se usen sino para provocar el hambre sin dar, por supuesto, de comer. Es claro que el orden que siguen no sigue este orden porque el pecho, pechos, mamas o lo que en cristiano siempre han sido tetas ocupa un primer lugar. Quieren saber si están operadas, lo que ya dan por hecho por anticipado, y cuánta silicona se han metido y de qué forma han elegido su tetamen. Saben que es artillería pesada y la pulen y miman para que sea mortal para ellos aunque las jorobe (en el sentido más literal del término) el peso tan exagerado de su extraño contenido. Los pantalones que llevan también ocupan privilegiado lugar en esta operación de disección que realizan. Miran algo la marca pero mucho si las marca. Ellos tienen la virtud de transformar el tocino informe en torneado jamón de pata negra y es por eso que compran el que más las ajamone. El jamón tiene un precio muy superior al tocino y lo saben. El cutis no lo miran sino el potaje que se han colocado simulando sedosidades que ocultan cardos borriqueros y principios muy barbados. Las interesaría saber qué bálsamo milagroso ha sido capaz de tapar los desconchados faciales de la otra a la que siempre esperan ver más ajada que ellas, pero no se lo preguntarán porque ambas tienen mucho que ocultar. Sobre la casquería, es decir operaciones, se fijarán mucho porque tienen más de añadido que de nacido y abunda en demasía lo falso. Si miraran su verdad no se verían.Tan operadas están que pocas pondrían la mano en el fuego afirmando que su sexo no es falso. Hacen ostentación de sus pulseras porque saben que es la única verdad que tienen, la única que vale algo. Quieren ser lo que no son y el tiempo acaba con ellas, descolgándose su gotelé como el de la cúpula de la ONU para vergüenza de la "artista" que tanto se creyó ser su pintura. Es tétrico ver pelear a una señora armada con sus pinturas contra una joven armada con su edad (la mejor cuña es la realizada con su misma madera). Es una batalla que tienen perdida y deberían saberlo. Ellas. Ellas que pasaron por la juventud a uña de caballo dejando boquiabierto al caballo de Atila por su efectividad. Vuelvo a mirar a los dos chicos. Son feos pero son de verdad. | ||||
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Leo en una revista a un tal Eladio Punser escribiendo una loa a la ciencia apoyado en un titular vergonzante para la inteligencia y que dice: Excusas para evitar el esfuerzo de pensar.
Leo un poco por encima su deposición y siento vergüenza ajena. Habla de la ciencia como si fuera un dios y la adora porque, haciendo palanca con ella, espera derribar cualquier idea o concepto que supere su limitadísima capacidad para pensar y que no se pueda pesar, medir, cortar y cocinarlo para la venta en pequeños artículos semanales que le permitan sentirse un pequeño dios viviendo de hablar de lo que ignora.
Habla del acelerador de partículas sin dejar de hacerle genuflexiones y dice:
Todas las ideologías y todas las etnias han aceptado ponerlo en marcha...
Por lo que se ve, este sujeto no conoce el significado de la palabra aceptar: asumir con resignación. Tiene un significado pasivo. No van a sino que les llevan a.
Miro la cara de este pensador (perdonen quienes sí lo son) y veo arrugas esforzadas y un orgullo que sería excesivo incluso para el mismísimo Narciso. Las primeras pueden deberse a cualquier cosa, de hecho los estreñidos poseen la misma expresión de sublime introspección. Respecto a su orgullo veo que carece del más mínimo fundamento.
Dice que la Ciencia (ayudándose de ese modernísimo cacharro) va a tratar de saber de forma científica (la tierra, en su momento, también era científicamente plana) cuándo fue el primer instante en el que se formó la vida y cuándo será el último.
Mientras tanto sigue siendo incapaz de saber dónde nace el pensamiento.
Siga usted haciendo mecánica del pensamiento y, al acabar, lávese las manos.