martes, agosto 25, 2009

"Porque yo creo que lo valgo"

Entramos en un restaurante de poco pelo y nos sentamos a comer las tres parejas.


Nada brillaba por lo que me pareció normal que la que nos atendió careciera de luces.

Se presentó. Saludó, qué tal, etc. Y luego, antes de leernos de memoria la carta nos empezó a leer la cartilla al espetarnos lo siguiente. “a vosotras os permito que digais algo, a ellos no. A los hombres no se lo permito”. Había cambiado el tiempo verbal para englobar a todos los hombres del mundo.

La miré con atención. Me esforcé porque nada había en ella que lo mereciera.

Era poco agraciada, mejor dicho, nada y sentí que Quevedo se hubiera perdido tal materia prima para hacer una sátira sin mentir nada.

Busqué las formas de mujer y no las encontré en esa masa informe donde llamaba la atención su pelo entrecano y untuoso como si se la hubiera subido su ser a la cabeza.

Su cara estaba adornada por unas gafas feas, bajo ellas su boca mostraba unos dientes desordenados y abrazados por unas encías excesivas que los abrazaban a pesar de su suciedad. Cara le saldría la cara si pretendiera que alquien la quisiera.

Era rápida de lengua y deslenguada haciendo una carnicería con los hombres. ¿Qué le habían hecho? o mejor dicho ¿qué NO la habían hecho?

Se movía con verdadera soltura entre las mesas sin conseguir rebajar lo que tanto la sobraba.

En un momento dado le llamó a uno “apocado” sin que su mujer hiciera otra cosa que reír la “gracia” a esa desgraciada. Estaba al otro lado de la mesa y vi cómo le dolía esa puya injusta en alguien que tuvo puesto de mando en una Caja y que ahora estaba herido de muerte por una enfermedad incurable; “a moro muerto gran lanzada” muy propio de los cobardes.

Luego dijo que al único hombre que salvaba era a su hijo, de unos 13 años que, gracias a Dios, no se parecía a ella en nada. Ella se creía ser su hijo sin saber que él no era ella. Era su trofeo.

No sé qué tuvo que pagar para conseguir que alguien se lo hiciera pero estaba absolutamente seguro que estaba separada de él. Quizás huyó tras recibir lo acordado o tal vez al recuperar la razón se fue al infierno en busca de las virtudes de las que ella carecía, que eran todas. No descarto que, logrado su objetivo de tener un hijo, ella misma le tirara a la basura después de haberlo tirado.

Dijo que nunca volvería a unirse a varón alguno. Aclaración innecesaria porque ninguno se acercaría a ella salvo algún por la necesidad… de comer.

Recordé un anuncio donde una mujer justifica su cara tramoya facial con la siguiente expresión “porque yo lo valgo” y busqué antes de salir entre las monedas menos valiosas alguna que estuviera a la altura de su valor. No la encontré tan escasa y al marcharnos no quedó en la mesa ni un ochavo.

2 Comments:

At 6:20 a. m., Blogger Diana L. Caffaratti said...

Con una sonrisa, hice la lectura desde el principio hasta el punto final.

 
At 1:51 p. m., Blogger Nadie said...

Hay que reírse de todo, es saludable para no acabar como ella.
Lo que siento del relato es que no es una creación imaginada sino una descripción "edulcorada".
Recibe un saludo, fiel seguidora.

 

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